jueves, 1 de enero de 2026

De volver a comenzar… otra vez

Otro 31 de diciembre que me provoca a resumir 365 días de elecciones individuales, colectivas, ajenas y propias.

Este año tomé decisiones que postergué por lustros, como decirle adiós a la persona que fui por 15 años. Digo “persona” y no “personaje”, porque dejé de reconocer el límite entre ambos, hasta que se fundieron en una sola cosa. Con esa “persona” se fueron también quienes nunca debieron estar. Desaprendí de mí, tantas cosas, y me enseñé de nuevo. Sigo aprendiendo, sigo empezando otra vez.

Me llevé al límite, mental, emocional y físicamente. No sé si fue bueno. Aprendí a hacer cosas que nunca había hecho y creía que no podía hacer, abriéndome puertas que no sabía que existían.

Pasé penas. Estuve en crisis. Encontré ángeles en mi camino.

Hice un viaje maravilloso que disfruté muchísimo. Tengo muchas fotos hermosas, en las que sí salgo yo.

Trabajé exhaustivamente, sin horarios ni condiciones. Hice cosas bellas con mis amigas. Escuchamos nuestro nombre resonar en muchos espacios. Trascendimos.

Conocí personas buenas. Conocí personas malas.

También dije adiós. Ya aprendí que el “¡hola!” pasa desapercibido pero el “¡adiós!” deja su marca mientras se expide. No siempre duele pero siempre hace ruido mientras se pierde en el bullicio del día a día.

Dejé la ciudad que fue mi hogar por una década. Me despedí de pocos, aunque dejé a muchos. Una nueva casa, una nueva ciudad, un nuevo trabajo, viejos amigos, un futuro incierto pero prometedor.

No todo ha sido bonito (ni por la ilusión de la novedad) porque ha sido tiempo de extrañar, de preguntarme si hice lo correcto, de dejar la comodidad de mis hábitos tan preciados para tener que hacer nuevos.

Mi primer árbol de navidad. Mi primer cuarto de doble altura. Volver a leer con emoción. 

Retos nuevos, proyectos enormes. El temor a lo desconocido.

No sé que traiga el 2026 entre manos, no me gustan las sorpresas. Espero que, sea lo que sea, tenga yo la nobleza y la entereza para recibir, navegar, atravesar y aprovechar lo que venga.

Termino este corto escrito el 1 de enero, sentada en la sala de la cabaña de mis papás, con mi Chewie en el regazo, mi Pedro en la ventana y el rebotar de la pelotita de Siobhan sonando en el pasillo.

Que sea un buen año para nosotros y para quienes nos acompañan en este caótico e impredecible viaje de la vida. ¡Salud para todos!

lunes, 5 de agosto de 2024

De estar opinando de cuerpos ajenos para lastimar

Siempre que subo una selfie, una mirror selfie o una foto con amigos, recibo comentarios halagadores que me ayudan a sentirme bien, que me hacen sentir apreciada y verme a mí misma con aceptación; pero también recibo mensajes horribles acerca de mi cuerpo, de mi peso, de mi rostro, de mi cabello, etc.

El mensaje que más se repite entre estos últimos es alusivo a la gordura. Soy una mujer de 1.68 m de estatura y 180 libras de peso. La última vez que fui "naturalmente" delgada tenía 5 años y tenía inanición. He llegado a pesar 210 libras y estar profundamente deprimida. He llegado a pesar 138 libras y en ese entonces también estaba profundamente deprimida. He pesado 170 libras y mientras vomitaba todo lo que comía. Tengo desequilibrios metabólicos y riesgos pancreáticos gracias a la anorexia.

Pero hoy, a los 34 años, con mis exámenes de azúcar, colesterol, triglicéridos, hormonas, etc., en orden, he priorizado mi salud mental y mi bienestar físico por encima de mi sentido de la estética.

Mantenerse delgada con una complexión gruesa requiere grandes y agotadores esfuerzos. Imagino que para alguien cuya única pena es la figura, es de por sí un problema. Para quienes necesitamos constantemente mantenernos en control de nuestra mente y nuestras emociones, y eso nos absorbe el 80% de nuestra energía, es una decena de millas extra cada día.

He hecho dietas, ejercicio 2 a 3 horas diarias, natación, pilates, Zumba. He hecho dieta Keto, de Atkins, baja en grasas, déficit calórico, con nutricionista, con nutriólogo, con panel de médicos, con coaches, de mi propia autoría, … ¿Cuánto he llegado a pesar? 138 libras por unos días; 160 una buena parte del tiempo; 180 normalmente. A veces funciona, a veces no mucho, pero siempre ha sido insostenible.

Les cuento mi historia porque con los años me hice fuerte, aprendí a cuidarme, a comer balanceado, a procurar moverme… pero también aprendí a quererme, a vestirme para sentirme bien, a amar lo que veo en el espejo, a entender que no voy a tener el cuerpo que otros quisieran.

Sin embargo, muchas mujeres han recorrido este camino sin llegar nunca a aceptarse y valorarse. Un "qué gorda" "estás hecha una cerda" "sólo en tu cabeza sos bonita" "¿bonita de dónde?" "eso es autoestima" puede hacer estragos en un corazón que de por sí sufre con su reflejo. No sean esa clase de imbéciles basuras.

Ser estéticamente agradable para todos no siempre es sólo cuestión de actitud. Las ventajas genéticas de muchos les hacen creer que la tenemos igual de fácil todos. La vida y la salud son mucho más que el número que tira la balanza o el que aparece en la etiqueta de la ropa.

¿Te parece gorda? Cerrá la boca. ¿Creés que debería bajar de peso? Cerrá la boca. ¿Que es por salud? Ce rrá  la  bo ca. Nadie te ha llamado a opinar, ella tiene espejo y a lo mejor está más sana que tú. No estás llamado(a) a decirle cómo debe verse. Si no te gusta, pasá de largo.

Al final, vivimos con nosotros mismos, con lo que vemos, con lo que sentimos, y tenemos suficiente con los demonios que se arremolinan en nuestro cerebro y nos susurran groserías que tenemos que vencer, cada día, todos los días.

Seamos amables, con nosotros y con los demás.


lunes, 1 de enero de 2024

De empezar ganando y terminar perdiendo

Hacía ya buen tiempo que no me sentaba a redactar la reseña del año. Dejé de hacerlo por una buena razón… tan buena que ni la recuerdo. 

Pero hoy creo que es momento de retomar esa costumbre. No es que a alguien le importe lo que hago con mi vida o cómo me siento al respecto, pero a mí me sirve para hacer un balance de lo vivido y (¿por qué no?) poner un poquito de ilusión en que mi experiencia le sirva a alguien que me lea. Algo largo pero lleno de mí.




2023 fue quizás el año más neutro que he vivido hace mucho. Mismo trabajo, mismas rutinas, mismos problemas, mismas alegrías. Sin embargo, fue un año de luchar. De luchar contra mi cabeza atribulada. Luchar por tener un bebé. Luchar por mantener el equilibrio. Luchar contra mis demonios, que sin la ayuda de mis medicaciones, son infinitamente más grandes, peligrosos y aterradores.


En medio de todo, había paz. Paz de estar en el lugar correcto, de hacer las cosas correctas y de que el propósito era más grande que las crisis, los dolores y los errores.


No terminó como esperaba. Sabía que el esfuerzo sería muy grande pero no sabía el precio que pagaría. Esto me puso enfrente una paradoja: el amor todo lo puede pero las personas se cansan de luchar.


Con esto último no quiero decir que el amor se acabe, pero las personas se cansan. Ese constante aguantar al cabo lastima, como el cántaro que tanto va al agua, que se rompe. El cántaro que se rompe se reemplaza por otro pero las personas rotas seguimos por ahí y desperdiciaremos todo aquello que nos pongan dentro.


Restauren lo que se pueda restaurar. Curen lo que se pueda curar. Sanen lo que se pueda sanar. Reconstruyan lo que se pueda reconstruir. Cambien lo que tengan que cambiar. Hablen lo que tengan que hablar. Perdonen lo que tengan que perdonar.


Porque las personas no son desechables. Que hoy se vayan de aquí no implica que desaparecerán: irán por el mundo rotas, dañadas y reproducirán eso en lo que se han convertido.


El amor puede más. Tal vez no siempre su lugar sea juntos, puede pasar. Pero el amor puede más. Les digo: si aman, no dejen ir, porque algunos nunca vuelven. Y si se van, que sea sin perdones qué pedir ni cosas por perdonar. Que el amor alcance hasta para decir adiós sin rencores.


Tuve muchas pérdidas este año, entre todo lo “normal” que pudo ser.

Las pruebas de embarazo negativas una y otra vez. Las bromas de la gente o las preguntas indiscretas de “¿para cuando la criatura?” O el terrible “ya estás algo grande, mejor apurate”. No saben lo duro que es recibir tales palabras después de otra rayita solitaria en la ventana del test. No lo hagan. Cállense la boca, sin importar la “confianza” que se tengan. No hagan ese daño.


Proyectos que no se dieron, trabajos que no salieron bien. La pelea diaria por controlar mis emociones sin ayuda, con todo lo que implica dejar las meds. Malas decisiones financieras que me cargaron. Saber que no alcanza lo bueno para bordear lo malo.


Pero llegó Gatherine Siobhan, a.k.a. Shishi, mi princesa inesperada, mi niña trastornada, la hermana que Pedro Raúl necesitaba para tener paz (irónicamente, porque yo ya me habría vuelto loca si fuera él). Mi pequeño milagro, que 8 meses después llena la casa con sus escándalos, carreras y ratones chillantes de Dollarcity.


Gané mucho. Gané amor propio. Gané la valentía de vestirme diferente hasta sentirme bien con mi cuerpo. Gané amigos. Gané la satisfacción de defender mis ideales y mis convicciones, a costa de amenazas, pero con la frente en alto y mucho orgullo. Gané que mi papá confiara y me respaldara en esas locuras, uniéndonos un poco más. Gané mucha conciencia de mí. Gané oportunidades para 2024. Gané millones de momentos felices, de amor y de electricidad de corazón a corazón, que quedan grabadas indelebles en mi alma y en mi memoria.


Regresé a mis meds apenas hace 4 días y el alivio que siento es tan inmenso que sólo puedo decirles a quienes han llegado al punto de aceptación: NUNCA DEJEN SUS MEDS.

Renunciar a un hijo es más doloroso de lo que pueden imaginar pero la paz de estar en control de mis emociones valdrá eventualmente ese precio tan caro. Y si los caminos de la vida y el destino me tienen deparada una sorpresa en ese aspecto, la recibiré con los brazos abiertos.


Estos últimos días de 2023 me dejaron una lección importantísima: la línea entre la responsabilidad y la culpa. Ni victimismo ni culpabilidad. Entender en su justa dimensión todo aquello que pudimos y debimos hacer mejor, sin abrazar injustamente más de lo que corresponde. Ese balance parece egoísta pero es necesario para mejorar como personas al tiempo que nos mantenemos en pie.


Del 2024 espero nada. De mí, espero mucho. Comenzar otra vez, como tantas otras veces, pero con más realismo y humildad en el corazón.













domingo, 10 de mayo de 2020

Del Día de la madre que no para todas es feliz

El 10 de mayo se celebra en Guatemala y otros países latinos el día de la madre. Las redes sociales ebullen de mensajes, fotos y videos conmemorativos, recuerdos y poemas. Pero este día no es feliz para muchas mujeres. Es a ellas a quienes dedico este mensaje, lleno de empatía y sororidad.

A esas que lo han intentado innumerables veces, a las que recuerdan con dolor una pérdida (o varias), a las que lo lograron pero hoy sus brazos están vacíos; a las queriendo,
tuvieron que decidir no ser, a las que no pudieron y a las que no podrán:

Que este día en que tantos festejan, sus ojos brillen y no sufran. Que más que resignación encuentren propósito y esperanza; que en vez de dolor tengan paz. Que puedan felicitar a las que hoy disfrutan y eso no les cause pena.

Desde aquí, desde lo más hondo de un corazón que comparte su sentir, les mando mi abrazo hasta donde estén.-


martes, 31 de diciembre de 2019

Del año revoltoso que termina

Como cada diciembre (del último lustro al menos), les traigo la reseña del año:

Este año fue peculiar. Un año de muchos (demasiados) cambios, de cosas buenas, malas y feas. Un año que agregó personas increíbles a mi vida y se llevó personas que nunca merecieron estar.

Un año de crisis mentales, de sentimientos encontrados a nivel emocional, de conflictos innecesarios. Un año que me trajo grandes lecciones, algunas de las cuales tengo a medio aprender.

Tuve un compañero maravilloso, un inmenso ser humano, hombre de bien. Paciente, dedicado, atento, comprensivo. Fue un año bueno para mi corazón.

Emma dijo sus primeras palabras y aprendió a caminar. Me grita, me pega y me aleja, pero al final del día nos abrazamos y volvemos a empezar. Chewie tiene salud, está contento y me ama como siempre. Ya gané.

Recorrí más de 12 mil km en moto. Visité 3 países. Conocí Guatemala un poco más. Me llené de fotos lindas y buenos recuerdos.

Enfrenté a los monstruos del pasado. Les puse límites a los abusivos. Le dije sus cosas en la cara a la gente de m… que tuve que toparme. Me arriesgué más de la cuenta. Peleé más de lo justo. Me saqué mucho de lo que por años he guardado.

Dejé ir a esa familia que lo es en papeles pero no en el alma, que es buena para señalarte pero no para ponerte el hombro. ¡Adieu!

Tengo mucho qué cambiar y mucho qué construir. Afortunadamente voy de la mano de los que saben y de los que ya han recorrido ese camino alguna vez. Espero este nuevo año ser mejor persona, mejor compañera, mejor amiga, mejor profesional.

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Que este 2020 traiga al menos 366 razones para sonreír. Que al anochecer tengamos agradecimiento y no angustia. Que encontremos al andar personas buenas y que las malas nos esquiven. Que esté lleno de amor, de compasión y de empatía.

miércoles, 24 de julio de 2019

Del Viento del Norte, que me devolvió la vida

No encuentro las palabras exactas para describir mi primera moto. No sé si a cada motociclista le sucede lo mismo, si también hay una fibra del corazón que se puede tocar únicamente con el sentimiento que inspira esa experiencia inicial.

Cuando la adquirí, apenas manejaba bicicleta y de motos no sabía ni subirme a una. Pero ahí estaba yo, en la sala de ventas de PowerHouse, pidiendo una moto. No sabía de cilindrada, de peso, de potencia, de torque o de equipamiento. Ahí estaba, sin saber si podría o si me gustaría esa actividad. Sí, muy circunspecta, aunque lo más cerca que había estado de una moto eran los mensajeros que se pasan llevando los retrovisores en el tráfico.

Así fue como elegimos la CB500X. Una moto lo suficientemente grande para viajar pero lo suficientemente barata como para deshacerse de ella si no me gustaba el asunto. Dice mamá que papá dijo: "esa se va a ir a caer y nunca más va a subirse a una moto." Lejos estábamos todos de imaginar el giro que tomaría mi existencia a partir de esa primera cita: una cita a ciegas.

Se llama Bora, el viento del norte que sopla en el mar Adriático. Mi Bora llegó en un momento muy difícil para mí. Con cada ride recogía un poco de cenizas de mi corazón. Aprendí muchas cosas de la vida en el tiempo que pasé sobre ella. Los cientos de horas que rodé fueron terapéuticos y me dieron la oportunidad de meterme en lo más profundo de mi mente, para descubrir al final de cada viaje que ahora me conocía un poco más. Todos los amigos que sin ella no habría conocido ni con visacuotas los podría pagar. Podría envejecer numerando las cosas buenas que por ella he recibido.

Hoy la dejé ir. No puedo mentir, de camino a entregarla me cayeron unas cuantas lágrimas por las mejillas. Mi Bora, año y medio después, con todos los escombros de mi corazón hizo una cosa nueva, hermosa, fuerte. Deseo para ella una muy larga vida pero sobretodo que ahora haga feliz a alguien más como lo hizo conmigo.

Mientras escribo esto no estoy llorando, sólo se me metieron 20,000 km en los ojos y todo el agradecimiento a esa loca idea que se me plantó en la cabeza un 31 de diciembre. Gracias, Bora.
















domingo, 30 de diciembre de 2018

De la importancia de saberse amar

Como ya es costumbre, en las últimas horas del año escribo una reseña que me ha servido de desahogo y "rayita en el marco de la puerta" para ver cuánto he crecido con el paso del tiempo.
Tirando barrio, lidiando contra
los trastornos alimentarios.
Y este año no será la excepción. A diferencia de los anteriores, éste me dejó una infinidad de cosas buenas. Logré ser la mejor versión de mí.

Empecé hecha pica-pica, con el corazón vuelto confeti, pero con hartas ansias de no repetir la historia de terror.
Luché día a día para quererme, para apreciarme más allá de lo que veía en el espejo y de lo que mi memoria me obligaba a oír, para valorarme y disfrutar mi presencia, de las cosas que me salen bien.
Me reté.

APRENDÍ A AMARME. Me disfruté mis viajes, las cenas que me preparé y las tardes de películas conmigo. Descubrí lo maravillosa que es mi compañía y me lo grabé en la mente para que nadie pueda convencerme de lo contrario. Me perdoné tantas cosas que me herían, dejé de culparme por esos desastres que permití y por los que provoqué. Solté. Dejé ir. Y me aferré a mí y a todo lo asombrosa que puedo ser.

ME ENCONTRÉ CON DIOS. Otra vez, como tantas veces. Después de tanto llanto y tanta crisis, me tocó. Me abrazó el corazón, me susurró al oído, me curó. Me llenó de paz, de esperanza. Me devolvió lo que me habían robado. Me reparó lo que habían dañado. Me amó, como siempre lo hace. Cumplió su promesa: sigue siendo fiel.

Oberalppass con los sureños. <3

TrdeIník en las calles de Praga,
con Luis, José y María Ester
(quién tomó la foto).
DESCUBRÍ LA VIDA. Aprendí a montar una motocicleta, a conocerla, a amarla, a disfrutarla, a vivir el camino. Subí el Passo Dello Stelvio. Me prendé de las carreteras francesas y de los incomparables pasos alpinos. Lloré a los pies del Mont Blanc. Me comí una currywurst con el nudo en la garganta que deja el Muro de Berlín. Me perdí en Montpellier. Vi el turquesa más hermoso que han visto mis ojos en el Mar Mediterráneo. Me prendé del rosa pastel de la fachada de un hotel en Karlovy Vary. Me sentí una reina en el pueblito celestial de Val d'Isère. Caminé por Chapultepec y vi la cama de la emperatriz Carlota. Comí tacos de pastor, de verdad. Conocí Miami. Besé a mi familia en Houston y supe que ahí no hay montañas (eso fue muy sad). 

Col du Galibier.


Berlín con Jose, Dani y Rubén.




















Tú.


ME ENAMORÉ. Cuando menos lo esperaba, de quien no me imaginaba, sin planificarlo así. Cuando me amé lo suficiente como para ser feliz sola, cuando sané el pasado que me había agobiado, cuando establecí mis límites de la mejor manera, cuando pensé que ahora nadie querría estar con una Mariale decidida a no recibir menos que lo que era capaz de darse a sí misma… entonces sucedió.







CONOCÍ A EMMA SOFÍA. Que la vida me alcance para verte crecer y darte todo el amor que siento por ti desde antes de saber que venías a este mundo.

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Estoy sumida en un cenote de deudas que me atosigan y me fastidian pero me he gozado cada centavo que me ha tocado pagar, llenándome el corazón y la mente de experiencias que no tienen precio. Empiezo el 2019 buscando trabajo pero desbordando amor, paz, fuerza interior y ganas de salir adelante.

Este año ha sido el mejor de mi vida y lo termino con todo el anhelo de hacer del 2019 uno incluso más espléndido.

Gracias a los amigos que han permanecido con los años y a los nuevos amigos que esta pasión del motociclismo me ha permitido hacer. Que nuestras huellas siempre vayan juntas, aunque nuestros caminos sean distintos. Todos tienen un lugar único en mi corazón y forman parte especial de mi vida.

Gracias, cariño mío, por la bendición que representas y la sonrisa que pintas en mi rostro desde que sale el sol. Te quiero.

Si el próximo diciembre puedo sentarme a hacer lo mismo, si Dios aún no ha decidido llamarme para compartir la eternidad con Él, ojalá sea tan brillante mi mirada como hoy. ¡Feliz Año Nuevo!





viernes, 29 de diciembre de 2017

De los capítulos con anexos infinitos

Del 2017

Este año empezó muy diferente a los demás.
Cariño, ilusión y compañía placentera.
Esto de amar es incierto. Es como quebrar la piñata, como ponerle la cola al burro, como caminar por el cuarto en plena oscuridad: te lanzas con fe aunque no sepas si le vas a atinar o a meterte un madrazo.

Y pues… tocó madrazo.

Pero conocí el amor más puro, el que no se detiene ante nada, el que se quita el pan de la boca, el que no duda en dar la vida. Ese amor que no cambia con el tiempo ni depende de los demás. El amor que te dice que con ese vestido te ves gorda y no puedes sino estallar en carcajadas y amarlo más. Ese amor que te derrite con verlo dormir y te hace querer romperle la cara a cualquiera que ose ofenderlo.

Volví a caminar. Bajé de peso. Me encontré conmigo misma como nunca lo había hecho. Tomé decisiones complejas y enfrenté las consecuencias con coraje. Estrené casa. Llegó Chewie a mi vida, a hacerla menos solitaria y más feliz. Comencé a sanar heridas del pasado para construir sobre una base nueva y mejor.

De la emotividad

Lloré mucho. Lloré la traición, el engaño, la culpa y el sentirme usada. Lloré la separación. Lloré por no saber qué va a ser de mi niña. Lloré porque no fui suficiente. Lloré porque fui desechable. Lloré porque me sentí sola. Lloré porque me humillaron. Lloré porque no supe adónde ir.
Lloré porque se me fue mi amor imposible, Biuei; Lo lloré mucho.

Aquella relación amor-odio
que se cultiva cuando
pasas horas de horas en el auto.
Reí con cada ocurrencia. Reí con las palabras mal dichas que nos hicieron gracia. Reí con las películas, los juegos, los paseos y los viajes. Reí con los chistes. Reí con los dibujitos, los memes y los vídeos. Reí con las gracias de una toddler. Reí con las nuevas y las viejas amistades. Reí con las cervezas, los tequilas y el whiskey.

Celebré mi cumpleaños, el de Valentina, el de mi papá, el de mi mamá y el de mi hermanito. Celebré lo que valía la pena celebrar.

Di tiempo, dinero, vida, amor, compañía y apoyo. Recibí abrazos, besos, caricias, muchos "te amo", halagos y satisfacciones. Recibí, aunque fugaz, eso que siempre había querido recibir.


"…porque así [de grande] es Mariale."

Del final del episodio

Fue un año que trajo tan variadas cosas que sólo no sé cómo catalogarlo. A lo mejor no es necesario poner etiquetas y sólo vivir como se viene. Soy un año más vieja, más sabia, más madura y más fuerte.

Y si con algo quiero quedarme, es con la respuesta de Valentina cuando le preguntaron por qué me había dibujado tan grande: "…porque así es Mariale."



Este capítulo acabó siendo uno de esos que te hacen pensar que perdiste el tiempo; Pero traía al final un hilo que se prolongará hasta que se cierre el libro y sea puesto en la librera. Es un anexo cuyo nombre está grabado en mi corazón y en mi piel, con todo el agradecimiento que cabe en un alma que encontró ahí solaz.



miércoles, 16 de agosto de 2017

De llamar a otros "huevones" y "cobardes"

Acabo de leer, por referencia de un amigo, un artículo escrito por una millennial guatemalteca que, según ella misma dice, es "famosa" bloggera. En resumen, llama "huevones" a todos los que tienen 22 años y siguen viviendo en casa de sus padres, mientras cuenta su experiencia de 'superación'.

Aunque en un principio mi intención fue publicar en su propio post lo que a continuación escribo, este amigo me detuvo de hacerlo llamando mi atención a la necedad de la muchacha y de aquellos que la aplaudieron; Sería un "gastar pólvora en zanates." Así que decidí traerlo acá, a mi blog, porque no sólo quería desahogarme sino darles a otros una palmadita en la espalda y ¿por qué no? quizás hasta un puñetazo a esa actitud repulsiva.

La felicidad de hacer lo que soñás.
Desde que tengo memoria me fueron asignados roles en las actividades productivas de la empresa familiar.  Mis papás, un gran emprendedor y una trabajadora admirable, se esforzaron más allá del cansancio para que mis hermanos y yo tuviéramos lo necesario. Durante muchos años las carencias abundaron, poco a poco dando paso a los frutos de tan ardua entrega para hacer crecer lo que empezó como una desesperación por alimentar a cinco niños.

Inicié mi 'negocio' de tortillas de maíz a los 7 años y a los 9 vendía pay de manzana a los vecinos de la colonia. A los 14 hacía bisutería de catálogo, aplicaciones en macramé y crochet; Parte de las ganancias se reinvertían en revistas del tema, buscando siempre mejorar.
A los 15 años empecé formalmente la relación laboral con la empresa de mi familia, como asistente administrativa y patoja chispuda. Tenía un salario (casi simbólico pero ganado con mi esfuerzo) y una serie de tareas por cumplir.

Entré a la universidad estatal a los 17 años, a una carrera que elegí apresuradamente y sin criterio. Un año después les hacía saber a mis padres que abandonaba los estudios y me dedicaría a trabajar de tiempo completo. Como todos los anteriores, ese año mis papás me me habían apoyado y sostenido.
Catorce horas diarias de trabajo me permitieron
el lujo de vivir ahí, sin más muebles que estos.
Cuando uno de mis catedráticos se enteró de mi decisión de dejar la universidad, envió a decirme que no lo hiciera, que tenía que explotar mi capacidad y que tenía un gran futuro como profesional. A regañadientes fui a inscribirme a una universidad privada, en la Facultad de Ciencias Económicas, con la esperanza de aplicar lo que aprendiera para beneficio del negocio. Tenía 18 años, trabajaba como maestra en las mañanas y asistente en las tardes. Terminé en 5 años y con 3 años ganados en una segunda carrera. Con mis trabajos de medio tiempo me pagué la universidad, viviendo aún con mis papás.

A los 24 años, un poco después de la graduación, tomé mis maletas y un avión a Wisconsin, EE. UU. Dos meses más tarde estaba de vuelta, buscando un lugar donde vivir en la capital de mi país, sola, a doscientos kilómetros de mis padres. De eso hace casi tres años. Tengo mucho que contar.

Al principio estudiaba una tercera carrera universitaria. Deserté porque no llenaba mis expectativas y mi horizonte económico era cada vez más angosto. Estuve cinco meses sin trabajo fijo, viviendo en un cuarto en una casa de huéspedes, subsistiendo a base de freelances y dando clases ocasionales como catedrática suplente. A veces apenas tenía para comer. Cuando encontré un trabajo, me pagaban poco y trabajaba mucho, pero estaba saliendo adelante. Con el tiempo gané más y toda mi ilusión era tener un apartamentito donde estar en paz, un lugar donde siempre hubiera techo y alimento para quien lo necesitara. El sueño se hizo realidad y tuve por un tiempo eso que tanto quería.

Ahora, después de un accidente que me quitó la ventaja y me retrasó un año los planes de vida, estoy luchando de nuevo para alcanzar metas y sacar la cabeza del agua, con satisfacción personal y agradecimiento.

Si tenés veintidós años y seguís viviendo con tus papás: no por eso sos un huevón o una cobarde. Si tus papás te dan un techo, tenés la responsabilidad de aprovechar ese privilegio que no todos tienen y devolverle a lo tuyos tanto como esté en tus posibilidades. Si querés independizarte, hacelo, te animo, es bonito y satisfactorio. Pero hacelo cuando sintás que estás listo(a). Vivir por tu cuenta es duro, te pega en el ánimo y en el bolsillo, pero te reta a hacer lo que sea necesario para sobrevivir.

Tus ideales y propósitos en este momento de tu vida no deben ser los de alguien más, ni venir de tus padres ni de tus amigos ni de tus películas favoritas. Hacé con tu vida lo que tú querrás hacer pero considerá que el tiempo que usés hoy no vas a poder reponerlo mañana. ¿Querés viajar? Dale, disfrutalo y tomá muchas fotos. ¿Querés hacer una carrera profesional? Aplicate, la competencia es dura y es todo un desafío sobresalir; La recompensa es grande, buscá alcanzar tu meta. ¿Querés emprender? ¡Bravo! Iniciar un negocio no es para todos y sacarlo adelante es de valientes. Aventate.

Si tenés veintidós (o veintitrés o veintisiete) años y seguís viviendo con tus papás: deleitate con su presencia, abrazalos mucho, deciles a diario lo que significan para ti; agradeceles lo que te han dado y esforzate para darles de ti como hicieron ellos contigo. Consideralos y haceles compañía; Eso sí, no seás más una carga.

A vos que creés que tu corta experiencia te da derecho a generalizar y etiquetar gente: a vos te hace falta mucho vivir y llevar palo. Salí de tu burbuja: justo afuerita de tu ego está la realidad de los demás.

. . .

Si te interesa leer lo que esta muchacha tiene qué decir acerca del tema, te dejo el link: http://www.alejandracampollo.com/chapin-si-tenes-mas-de-22-y-todavia-vivis-con-tus-papas-esto-es-para-vos-huevon/#more-1571

viernes, 28 de julio de 2017

De la inseguridad y esos desórdenes

Caminaba esta tarde por una zona bulliciosa en la Ciudad de Guatemala.
Mientras conversaba con mi amigo, con quien había ido a darme un atracón, percibí una creciente opresión en el pecho. Sentía las miradas sobre mí e incluso me imaginé siendo el centro de la plática de sobremesa de los comensales de los muchos restaurantes del lugar.

Tratando de controlarme y ocultar lo que estaba viviendo, continué la travesía por las callecitas del sector, un verdadero oasis. Veía pasar mujeres de todas edades y vestimentas. La incomodidad era cada vez mayor y apenas alcancé a meterme en mi carro para echarme a llorar.
Buscando entender mis sentimientos, caí en la cuenta de que me sentía avergonzada de mi cuerpo. Al recordar a las mujeres que encontré en mi camino, todas me parecían esbeltas y agraciadas; Mientras, yo sentí asco al ver mi reflejo en un ventanal.

Nunca he estado satisfecha conmigo misma, ni cuando estaba por debajo del peso ideal ni con el cabello lacio ni con mis rizos naturales. Como a un plantita ponzoñosa, he alimentado día con día mis inseguridades. Porque no soy delgada ni grácil ni tengo una hermosa melena ni me sientan bien los vestidos cortos ni aprendo a usar tacones ni sé quedarme callada ni logro equilibrar mi vida emocional. Siempre hay una excusa, una razón para sentirme inferior a cualquiera, sin importar cómo me vean los demás.

El paseo de hoy me dejó una excelente experiencia de sabor y un enorme vacío existencial, culpa, y un llanto lleno de rabia. Ojalá comer libros me quitara el hambre y así no sólo sería una cajita de información varia sino la atractiva fémina que cumple a cabalidad los cánones occidentales de belleza.


miércoles, 12 de octubre de 2016

A ese imbécil

De las infidelidades, la que más duele es la que cometí conmigo misma, porque te puse a ti antes que a mí; Te di el lugar que me correspondía; Todo lo que te di merecía dármelo antes que dártelo a ti, pero no lo hice así.

Te di mi tiempo, sin excusas. Te di mi apoyo, sin pretextos. Me reservé todo eso que no querías divulgar, para "proteger tu privacidad y la mía". Me aguanté tus horarios de trabajo, tus reuniones de oficina hasta la madrugada y todas esas veces que me dejaste esperándote con la cena lista.


Te cuidé cuando no podías dormir y cuando estuviste enfermo, aunque estuviera enferma también yo y a mí me llevara la tristeza. Te abrí las puertas de mi casa y mi corazón. Te convertiste en mi vida, me apagué por ti. Me tragué tus manipulaciones y tus chantajes. "Si te molesta esto o aquello de mí, mejor te dejo, para que seas feliz", decías, y arrastré patéticamente mi dignidad para que te quedaras.


Me engañaste porque me engañé primero. Me mentiste porque yo me mentí primero. Me apuñalaste porque la primera en desarmarse fui yo. Me esclavizaste porque sola me puse los grilletes. Traicionaste mi confianza porque primero la traicioné yo.


Y todo te lo agradezco, porque me hiciste creer en la desconfianza, en la hipocresía; Me demostraste que la doble vida es real, es posible y sostenible por largos periodos de tiempo. Me enseñaste que el sexto sentido es más confiable que lo que los ojos ven y los oídos escuchan; Que el que quiere, puede; Que el amor se hace notar, no se pone antifaz ni echa en cara la ayuda que brinda.


Gracias por todo, especialmente por tus patrañas. Me he gozado desenredándolas una a una y dándoles con ellas respuesta a esas interrogantes que dejaste un día. Que disfrutés del infierno que vos mismo estás construyendo porque yo, seguramente, me daré gusto viéndote arder en él. Que la muerte no te llegue pronto, ese es mi único deseo.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Madeleine se quiere morir.

Madeleine trabaja todos los días haciendo algo que le gusta pero un día, de pronto, deja de sentirle sabor al trabajo; Le pesa, le hastía. Ayer le gustaba mucho, hoy ya no.

Últimamente ha subido de peso, así que ha decidido ponerse en un régimen para bajar esas libras de más. No va a cenar esta noche pero en un abrir y cerrar de ojos, se encuentra atracándose de comida. No consigue detenerse.

Aunque no tiene muchos amigos, tiene muy buenos amigos. Hace varios días dejó de verlos porque no se sentía animada para socializar. Cree que no es bueno estar tanto tiempo lejos, así que decide visitarlos. Sus amigos son grandiosos y la pasan muy bien, pero en un segundo algo ocupa su pensamiento y es incapaz de disfrutar de su compañía. Está desesperada, no sabe por qué; Se quiere ir.

Mientras está acostada en su cama, el reloj de Madeleine avanza lentamente. Es de noche, quiere dormir. Apaga las luces, cierra los ojos, pero Madeleine no puede conciliar el sueño: su cerebro no deja de trabajar. Piensa en todo y en nada. Se distrae con tal facilidad que si se pone a contar ovejas, termina confeccionando suéteres. Se agota. Se irrita. Madeleine se queda dormida finalmente alrededor de las 3:30 a.m. Su despertador suena a las 5:30 a.m.: hora de levantarse para ir a trabajar.

A Madeleine la aburre la rutina pero se aturde cuando no tiene un plan específico de trabajo. Detesta las cosas prefabricadas pero sufre cuando no están bajo un perfecto control. Madeleine odia la oficina y su monotonía pero se desubica cuando no está ahí.

La socialización no es lo de Madeleine. Les rehuye a las fiestas y reuniones; Cuando la invitan, misteriosamente se enferma, le surgen parientes que no conocía o la carga de trabajo es terriblemente inusual. Miente. Madeleine no se siente cómoda con los demás.

La soledad está consumiéndola. Madeleine no tiene pareja sentimental. Su vida amorosa es inestable y sus relaciones, cortas, fugaces. Madeleine siente mucho, muy pronto y muy intenso. Y así como quiere, así le duele la ruptura. No más rupturas, se dice, no más amores. Pero Madeleine se siente sola. Siente que quiere tener alguien a quién amar.

Lo tiene todo. Madeleine tiene una carrera, un buen trabajo, una familia unida, buenos amigos, comodidad y tranquilidad. Pero Madeleine no es feliz. Madeleine es infinitamente infeliz. Madeleine se siente vacía, siente la vida insípida; Todo lo ve gris. Está en un limbo, en un universo paralelo al de los demás, incapaz de reír genuinamente. Ya ni llorar le alivia el dolor que surge de sus entrañas, sin razón aparente. La única justificación para su pena: existir.

Madeleine se quiere morir. Madeleine no entiende por qué vino al mundo; Un mundo que odia, al que no pidió nacer. Madeleine encuentra fútiles todos los ánimos y consejos que le dan. Madeleine no quiere encontrarle sentido a nada, cree que es una pérdida de energías. Para ella, nada tiene sentido, todo es un error. Un error que suma años, un error que empezó con su concepción. Madeleine se quiere morir.

Madeleine sabe que el infierno está surgiendo de nuevo. Madeleine entra en crisis.


martes, 30 de agosto de 2016

Quiero un hombre que mienta

Quiero un hombre que mienta, que se equivoque. Quiero un hombre que a veces me oculte la verdad, que olvide decirme las cosas. Quiero un hombre que no recuerde mi cumpleaños ni el de mi madre. Quiero un hombre que sea un idiota y que esté a punto de perderme. Quiero un hombre que no sepa qué hacer. Quiero un hombre que meta la pata y se angustie. Quiero un hombre que no sepa cómo llegar a su destino. Quiero un hombre que pida opinión de otros porque no sabe si está bien. Quiero un hombre que me haga llorar.

Quiero un hombre perfecto.

Porque estoy cansada de esos que no aceptan que mintieron, que se equivocaron; estoy harta de los que defienden sus malos engaños, que juran que me lo contaron todo. Estoy hastiada de los hombres que dicen que estaban ocupadísimos y por eso no pudieron llamarme por mi cumpleaños ni reconozcan que el cumpleaños de mi madre les tiene sin cuidado. Ya no quiero otro hombre que crea que tiene la razón y que asuma que estaré siempre ahí, con él. Me cansé de los sabelotodo. No aguanto a otro que crea que todo lo hace bien y le valga madre estar cagándose en lo nuestro. No puedo con otro que me lleve a tarde a mi cita porque siente que pierde la virilidad al preguntar cómo llegar porque está perdido. Me tienen asqueada esos que consideran su criterio por mucho superior y no les importa la opinión de los demás. Porque ya estoy enferma de que me hagan sentir que si me lastimaron la culpa es mía por tomarme a pecho sus desprecios, sus mentiras, su desinterés y sus insensibilidades.

Sí, quiero un hombre perfecto, de esos que reconocen que son humanos y también yerran.

sábado, 14 de mayo de 2016

La culpa es mía

La historia viene así: la culpa es mía.  Sí, la culpa es mía, como siempre.  Ser un superhéroe, el tipo más guapo del mundo, el más dulce y el más encantador no son cualidades suyas sino mías; mías porque las inventé yo.

Es un hombre cualquiera, un laborioso mosaico de defectos.  Lleno de imperfecciones físicas, de malas costumbres y de banalidades a su modo; para nada el caballero ideal.  Yo soy mil cosas hermosas, menos su sueño de mujer.  Pero eso no lo sabe mi terquedad, porque para ella soy esa única en la que él fija su mirada.  Soy todo lo que él puede desear para sí: independiente, trabajadora, soñadora, delicada, servicial y amante de la vida hogareña.  Sé que soy su perfecta porque así me lo he creído yo.

* * *

No me lo ha dicho pero sé que me quiere, puedo verlo en sus ojos.  Hace mucho no los veo pero seguramente ha de verse en ellos lo mucho que me quiere.  No se lo he preguntado pero no dudo que sea yo esa en quien piensa antes de dormir y lo primero que tiene en mente al despertar.  Lo sé porque a mí me pasa igual.

Le pedí que se case conmigo.  Rió a carcajadas; fueron los nervios, estoy segura, él nunca se burlaría de mí.  No me ha dicho que sí pero no voy a presionarlo, sé que no es fácil aceptar que una mujer como yo quiera contigo algo más que sexo.  Además, él me adora, ¿verdad?

Lo sé cuando le pregunto cómo está.  Leo en sus mensajes una sonrisa encantadora que esboza su boca con cada texto que le envío.  Cuando dice “bien :)” sé que es especial, no a cualquiera le mandan emojis al decir que están bien, ¿no es así?  Lo sé, para mí también es único.

En su vida no hay otra, no me cabe la menor duda.  Si hubiera otra, no me respondería; lo sabría cuando sus mensajes no lleguen a tiempo o cuando publique una foto sin antes dejármela mirar.  Sólo a mí me quiere, estoy convencida, porque si quisiera a otra pasaría largo tiempo sin hablarme.  O sea, lo hace ahora pero luego me confiesa que se ha quedado dormido o que olvidó su celular.

Es perfecto, es el mejor.  Es el más atento.  Si no me ha dicho lo que siente no es porque no sienta, es porque lo abruma tanto sentir.  Si todavía no me confiesa que me ama es porque sabe el compromiso que asumiría y no está listo para el rechazo.  Claro, no lo rechazaría, no sé ni por qué lo consideraría una posibilidad.

* * *

Hoy noté que me mentía.  No, él no; me mentía yo, a mí.  Me mentía cuando creía que él me pensaba, que se enamoraba de mí cada día, que cada día me veía más hermosa y que en nadie se fijaba más que en mí.  ¡Qué mentira!  Pero la única mentirosa soy yo, porque sin querer me inventé un mundo de fantasía donde tanto como lo quería, él me correspondía.