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viernes, 28 de julio de 2017

De la inseguridad y esos desórdenes

Caminaba esta tarde por una zona bulliciosa en la Ciudad de Guatemala.
Mientras conversaba con mi amigo, con quien había ido a darme un atracón, percibí una creciente opresión en el pecho. Sentía las miradas sobre mí e incluso me imaginé siendo el centro de la plática de sobremesa de los comensales de los muchos restaurantes del lugar.

Tratando de controlarme y ocultar lo que estaba viviendo, continué la travesía por las callecitas del sector, un verdadero oasis. Veía pasar mujeres de todas edades y vestimentas. La incomodidad era cada vez mayor y apenas alcancé a meterme en mi carro para echarme a llorar.
Buscando entender mis sentimientos, caí en la cuenta de que me sentía avergonzada de mi cuerpo. Al recordar a las mujeres que encontré en mi camino, todas me parecían esbeltas y agraciadas; Mientras, yo sentí asco al ver mi reflejo en un ventanal.

Nunca he estado satisfecha conmigo misma, ni cuando estaba por debajo del peso ideal ni con el cabello lacio ni con mis rizos naturales. Como a un plantita ponzoñosa, he alimentado día con día mis inseguridades. Porque no soy delgada ni grácil ni tengo una hermosa melena ni me sientan bien los vestidos cortos ni aprendo a usar tacones ni sé quedarme callada ni logro equilibrar mi vida emocional. Siempre hay una excusa, una razón para sentirme inferior a cualquiera, sin importar cómo me vean los demás.

El paseo de hoy me dejó una excelente experiencia de sabor y un enorme vacío existencial, culpa, y un llanto lleno de rabia. Ojalá comer libros me quitara el hambre y así no sólo sería una cajita de información varia sino la atractiva fémina que cumple a cabalidad los cánones occidentales de belleza.


viernes, 9 de mayo de 2014

Diario de una gorda

Hace unos días, mientras decidía qué pantalón aún me quedaba de entre todos los que alcanzaba a ver, entré en una profunda reflexión acerca de la gordura.

Meditando sobre el contenido de mi closet, me topé con la evidencia pura e innegable de la evolución de mi tejido adiposo: de la talla 6 a la 8, de la 8 a la 10, de la 10 a la 6 y de la 6 a la 8. Pues... el Atlántico en pleno temporal no es nada en comparación con el oleaje de pesos que me rifo. Entonces entré en un nivel de meditación más hondo: ¿por qué rayos varío tanto?

Encontré que tenía la respuesta en la punta de la lengua, literalmente. ¡El sentido del gusto y mi delirio por la dulzura! Ahí, esa es la razón. Bueno... si eximimos de culpa a mi carencia de voluntad y decisión. Y la ansiedad que me mantiene con un apetito capaz de devorar elefantes crudos con tal de no esperar un momento más la comida. ¡Ah! La deliciosa comida de mi mamá tampoco ayuda mucho.

Mis constantes rupturas amorosas ponen su granito de arena... (¿granito? Se me hace que aportan todo un desierto, con membresía vitalicia, para no permitir que haga falta jamás.) ¿Acaso no tengo que buscarle solución a la depresión que me causa ser una 'mamirrica' más soltera que hermana de la caridad? Al final, un par de botes de Nutella, un paquete de paquetes de galletas Oreo, cuatro Snickers, dos MilkyWay y medio galón de helado de menta con chocolate nunca le han hecho daño a nadie, ¿verdad? ¡¿VERDAD?!

Salgo a tomar algo de aire porque casi me asfixio en sollozos. Mi bici me dirige una mirada con sus dos hermosas ruedas negras. ¡Claro! ¡Ahí está la mitad de la solución: hacer ejercicio! Sí, ¡cómo no! Mi cerebro me hace una cara de Chloe:

El bendito círculo vicioso: estoy gorda por no hacer ejercicio pero no hago ejercicio por estar tan gorda. Y así, el gimnasio sigue cobrándome la mensualidad mientras me zambuto otro pedazo de pastel de chocoqueso con fresas, "jirimiqueando" por no poder andar paseándome en bikini.