jueves, 1 de enero de 2026

De volver a comenzar… otra vez

Otro 31 de diciembre que me provoca a resumir 365 días de elecciones individuales, colectivas, ajenas y propias.

Este año tomé decisiones que postergué por lustros, como decirle adiós a la persona que fui por 15 años. Digo “persona” y no “personaje”, porque dejé de reconocer el límite entre ambos, hasta que se fundieron en una sola cosa. Con esa “persona” se fueron también quienes nunca debieron estar. Desaprendí de mí, tantas cosas, y me enseñé de nuevo. Sigo aprendiendo, sigo empezando otra vez.

Me llevé al límite, mental, emocional y físicamente. No sé si fue bueno. Aprendí a hacer cosas que nunca había hecho y creía que no podía hacer, abriéndome puertas que no sabía que existían.

Pasé penas. Estuve en crisis. Encontré ángeles en mi camino.

Hice un viaje maravilloso que disfruté muchísimo. Tengo muchas fotos hermosas, en las que sí salgo yo.

Trabajé exhaustivamente, sin horarios ni condiciones. Hice cosas bellas con mis amigas. Escuchamos nuestro nombre resonar en muchos espacios. Trascendimos.

Conocí personas buenas. Conocí personas malas.

También dije adiós. Ya aprendí que el “¡hola!” pasa desapercibido pero el “¡adiós!” deja su marca mientras se expide. No siempre duele pero siempre hace ruido mientras se pierde en el bullicio del día a día.

Dejé la ciudad que fue mi hogar por una década. Me despedí de pocos, aunque dejé a muchos. Una nueva casa, una nueva ciudad, un nuevo trabajo, viejos amigos, un futuro incierto pero prometedor.

No todo ha sido bonito (ni por la ilusión de la novedad) porque ha sido tiempo de extrañar, de preguntarme si hice lo correcto, de dejar la comodidad de mis hábitos tan preciados para tener que hacer nuevos.

Mi primer árbol de navidad. Mi primer cuarto de doble altura. Volver a leer con emoción. 

Retos nuevos, proyectos enormes. El temor a lo desconocido.

No sé que traiga el 2026 entre manos, no me gustan las sorpresas. Espero que, sea lo que sea, tenga yo la nobleza y la entereza para recibir, navegar, atravesar y aprovechar lo que venga.

Termino este corto escrito el 1 de enero, sentada en la sala de la cabaña de mis papás, con mi Chewie en el regazo, mi Pedro en la ventana y el rebotar de la pelotita de Siobhan sonando en el pasillo.

Que sea un buen año para nosotros y para quienes nos acompañan en este caótico e impredecible viaje de la vida. ¡Salud para todos!

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